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Documental sobre Josefina Aldecoa
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Amar para sí tantas tierras natales
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como amores dichosos ha tenido
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dice Marguerite Duran
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Madrid es para mí una de esas tierras natales
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aquí encontré el amor
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aquí nació mi hija
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aquí tengo grandes amigos
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aquí viví años de aprendizaje en la universidad
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y sobre todo fuera de ella
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Salgo de mi casa para enfrentarme a un reto permanente en una profesión que me entusiasma.
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Algunas veces pienso que un día me cansaré de esta carrera diaria, de esta vida activa en la que continúo instalado.
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Pero creo que la vejez es una etapa maravillosa y el trabajo es fundamental para sentirse realmente vivo.
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Educación y literatura han sido desde mi juventud las dos dedicaciones que han llenado mi vida.
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En las escuelas rurales de mi infancia viví la pasión por educar de mi madre, una maestra de la República.
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Aquello fue el comienzo de un proyecto educativo que cristalizó en esta escuela que dirijo desde hace 40 años.
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Educar en libertad, despertar en el niño el deseo de conocer el mundo que le rodea,
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Ejercitar su sentido crítico
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Expresar a través del lenguaje, la música y el arte, sus sentimientos y su imaginación
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Y sobre todo, ayudar a los niños a convertirse en personas tolerantes, solidarias, abiertas a otras culturas y otros países
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Estos son algunos de los principios educativos que sostienen esta escuela
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Principios muy afines a aquellos que en su día definieron la educación para la institución libre de enseñanza
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Educar es tratar de descubrir lo que hay dentro de cada niño
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Ayudarle a extraer de sí mismo lo que de innato alienta en su inteligencia y su personalidad
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Y en consecuencia, aquello para lo que está especialmente dotado
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Enseñar es la consecuencia de educar
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enseñar es ayudar al niño a observar y descubrir por sí mismo las claves del mundo que le rodea
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y a sumergirse en el entramado de conocimientos y experiencias que nos ha llegado del pasado
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y que constituyen la historia de la humanidad
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enseñar es iniciarle en el pensamiento abstracto y en las relaciones concretas que unen los fenómenos entre sí
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y despertar el juego de sensaciones, sentimientos e ideas
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que le irán transformando en un ser humano adulto y maduro.
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La escuela es un territorio físico donde se desarrolla una actividad intelectual
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y es también un lugar de aprendizaje social
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donde el niño aprende a tolerar, a compartir,
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a ejercer la solidaridad y a rechazar la violencia y la discriminación.
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Trabajar con niños es un privilegio
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porque los niños nos están mostrando constantemente
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actitudes nuevas, intuiciones recién estrenadas, descubrimientos insospechados. El contacto
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con los niños rejuvenece y nos enseña a ver el mundo de hoy como es, no como nosotros
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hemos llegado a definirlo y encasillarlo. La infancia de estos niños que estamos viendo
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es muy diferente a la infancia que yo vivía en La Robla, un pueblo leonés situado a 25
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kilómetros de la capital. Las Roblas hoy un pueblo industrial y estuvo siempre destinado
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a serlo porque a través de su ferrocarril se distribuía parte del carbón de las minas
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del norte de León. Este pueblo, cercano a la frontera natural con Asturias, es un pueblo
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comercial y emprendedor que ya se asomaba al futuro en mi infancia sin abandonar entonces
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la agricultura. Contemplando las columnas de humo de sus fábricas, no puedo menos
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desclamar qué verde era mi valle. Para reflexionar enseguida acerca de lo inevitable y ventajoso
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que ha sido para el pueblo la industrialización progresiva. Yo vivía lejos del pueblo, en
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pleno campo. A un kilómetro de la robla, por la carretera de Asturias, estaba la casa
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de mis abuelos y un kilómetro era entonces una distancia muy larga. Nací en esta casa
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abandonada hoy y en ella transcurrió parte de mi infancia. Al contemplarla, una ráfaga
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de melancolía invade mis recuerdos. Aquí se asentaba mi mundo de ayer, en esta casa
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vacía, en esto que fue jardín con parterres perfectamente dibujados en los que crecían
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rosas y pensamientos. En los caminos olvorrosos estaban bordeados de macizos de grosellas
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rojas, amarillas y negras, bajo estos árboles que han dejado caer una fruta que nadie recoge.
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A la huerta entraba un arroyo profundo que pasaba bajo el puente de la carretera hasta
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el río donde nos bañábamos en verano y pescábamos cangrejos.
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Desde nuestra casa, subiendo por un camino monte arriba, se llegaba al Cedo, un pueblo en lo alto desde el que se veía abajo el valle.
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La víspera de San Juan se encendían hogueras en los montes cercanos.
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La nuestra la hacíamos en la Peña del Asno, una gran montaña rematada por una roca en forma de cabeza de asno.
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Subíamos los niños y los jóvenes al anochecer y encendíamos la hoguera.
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Recuerdo muy bien el último San Juan y recuerdo muy bien el último verano
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Era julio y hacía mucho calor
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Un día, cuando jugábamos, oímos un ruido de motores en el cielo
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Los aviones volaban alto y se dirigían hacia Asturias
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Al día siguiente se oyeron explosiones lejanas
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Era difícil que me diera cuenta de que había empezado una guerra
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y no sabía que aquella guerra iba a marcar el final de mi infancia.
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Los españoles que nacimos entre 1925 y 1930 aproximadamente
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teníamos entre 6 y 11 años cuando estalló la guerra civil.
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En distintos pueblos y ciudades, en una zona u otra del conflicto,
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los niños del 36 vivimos una misma experiencia que nunca hemos olvidado.
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olvidado. Unos cuantos, en nuestros libros, hemos dado testimonio de aquellos años. Hemos
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contado la historia de una infancia en guerra y de una adolescencia y una juventud en posguerra.
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Aquellos jóvenes escritores de los 50 que vivíamos en Madrid teníamos nuestros lugares
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de encuentro en los cafés y las tabernas. Frente a una universidad amordazada y reprimida
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y una prensa censurada, frente a una calle vigilada, el café y la taberna eran los únicos
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foros discretamente libres. En 1944 mi familia se trasladó a vivir a Madrid y yo me matriculé
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en la Facultad de Letras. Allí encontré a un grupo de compañeros que iban a ser mis
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amigos y que querían ser escritores. La Universidad de los 40 era una universidad anémica, mortecina,
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mediocre. Exiliados la mayoría de los grandes maestros, encarcelados otros, acobardados
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el resto, los alumnos nos sentíamos perdidos y profundamente decepcionados. La pasión
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por la literatura y el descontento generalizado nos llevó a reforzar los lazos de amistad
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desde el primer momento. Fueron años difíciles para los que queríamos escribir. En primer
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lugar, la escasez de libros era desesperante. A través de parientes y amigos conseguíamos
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algunas publicaciones del exterior. También los escritores españoles de la generación
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del 98 y del 27 habían sido retirados en su mayor parte y la censura se ensañaba con
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ellos. Por otra parte, era difícil publicar. Ser joven entonces no era un valor, era un
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impedimento. Cuando Ignacio y yo nos casamos, nos fuimos a vivir a la orilla del Manzanares,
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en el Paseo de la Florida, cerca de la ermita pintada por Goya. La luz de Madrid se filtraba
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por los cristales de las ventanas que daban al río. Se adivinaban las siluetas de los
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árboles y era una alegría ver el paso del agua brillando entre las hojas. La presencia
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permanente del río, aparecen muchos cuentos de Ignacio. Escribía, por el paseo de la
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orilla del río, las sombras de los árboles forman un túnel. En las aguas del Manzanares
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navega la media luna fosfórica, titubeante, profunda. El castizo barrio de La Bombilla
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es hoy un barrio alegre, como lo fue siempre. En el recuerdo vive la verbena del santo con
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sus tiovivos y sus modistillas, y Casa Mingo, la inolvidable sidrería, permanece como un
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vínculo indestructible entre el Madrid pasado y el presente. El río Manzanares, el aprendiz
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de río, se ha convertido con el tiempo en un río europeo y urbano. En sus aguas se refleja
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el perfil de una ciudad en expansión, en cuyas cuidadas márgenes han crecido edificios
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modernos. El nuevo río, más caudaloso, más limpio, añade una belleza nueva a esta zona
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de Madrid. La plaza de Oriente mira a Poniente. En ella pueden contemplarse las puestas de
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sol más radiantes. Pasado el campo del Moro, más allá de las vistillas, sobre los árboles
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de la casa de campo, el sol se retira hacia Portugal y en su retirada tiñe el cielo de
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un púrpura lujoso, de un dorado regio.
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La estatua ecuestre de Felipe IV, basada en un retrato de Velázquez, preside la plaza,
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por cuyos paseos se exhiben estatuas de otros reyes.
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Esta plaza es el corazón de una de las zonas más significativas y hermosas de Madrid,
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el Madrid de los Austrias.
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A media luz, las calles del Madrid y de los Austrias cobran todo su sentido
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Me gusta pasear por estas calles a esa hora
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Cuando el cielo azul marino de esta ciudad sin mar
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Se ilumina con el reflejo de las farolas
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Y una magia especial lo envuelve todo
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De noche, el Madrid histórico es una ciudad de ayer en la que podemos vivir hoy
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el tiempo se detiene
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y tiñe de añoranza
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los fantasmas radiantes del pasado
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el madrileño es ave nocturna
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y convierte la noche en el momento ideal
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para sumergirse en la atmósfera
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inaprensible de otros siglos
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a media luz
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el madrileño es feliz en la calle
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respirando la atmósfera cordial de la ciudad
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palacios e iglesias
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se alzan junto a las casas bajas
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de un pueblo democrático y tierno
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el pueblo de Madrid. El paso de las estaciones en la naturaleza me produce una emoción especial.
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El renacer de la primavera, la plenitud del verano, los oros suntuosos del otoño y la
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esquemática desnudez del invierno en la que sólo permanece lo esencial. Aquí, en el jardín botánico
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busco, como en el campo, ese proceso vital de la naturaleza en permanente cambio. Del otoño al
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verano, paseó por este oasis enclavado en el centro de Madrid todas las mañanas de
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domingo. El jardín fue creado por Carlos III para guardar, proteger y exhibir las colecciones
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botánicas de los grandes viajeros de la época. Plantas aromáticas, flores, rosales, glicinias,
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árboles exóticos, secuoyas, cedros del Himalaya, tilos, tejos. Desde el jardín botánico,
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situado en una zona de Madrid
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marcada por el sello arquitectónico
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y urbanístico de los Borbones
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recuerdo con agradecimiento
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aquel alcalde ejemplar que fue Carlos III
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quien convirtió Madrid
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en una ciudad europea
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Árboles del Botánico en Madrid
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Árboles de León
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En mis recuerdos siempre hay árboles
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Bajo los árboles del paseo leonés de la Condesa
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han transcurrido muchas horas de mi adolescencia
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A la orilla del río Bernesga se extiende este hermoso paseo que arranca de Guzmán el Bueno y termina en el convento de San Marcos.
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La condesa de Sagasta, con sus jardines llenos de flores, era el lugar al que se trasladaba en los veranos el paseo de provincias de siete a nueve y media que cantaba el poeta.
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Un paseo en el que se iniciaban los primeros encuentros entre chicos y chicas.
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al final del paseo se eleva una de las tres joyas arquitectónicas de la ciudad
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San Marcos
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alzado junto al puente sobre el Bernesga
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el convento fue desde sus orígenes en el siglo XII
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hospital, templo y refugio de los peregrinos
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que seguían el camino de Santiago llegados desde distintos puntos de Europa
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era una ruta marcada por la fe
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y por el deseo de alcanzar el fin del camino, el abrazo del santo.
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Pero era también una ruta de europeísmo, de comunicación entre culturas.
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San Marcos, que pertenecía a la poderosa Orden de Santiago,
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se transforma en el siglo XVI en un gran convento
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en el que se suceden estilos en los dos siglos que duró su construcción.
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Este ejemplar único del plateresco castellano,
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este convento que fue prisión de Quevedo durante cuatro años
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y prisión de ciudadanos durante nuestra guerra civil
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es hoy un hostal de lujo que acoge visitantes de todo el mundo
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peregrinos unos, simples turistas otros
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cuando mi familia se trasladó a la ciudad de León
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en el verano del 36
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vivíamos muy cerca de San Isidoro
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la segunda joya leonesa
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esta espléndida muestra del románico
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se asienta sobre vigorosos pilares
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y entre sus muros reposa el santo y sabio sevillano.
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San Isidoro es un ejemplo insustituible de arquitectura románica.
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Además aquí se reunieron en el siglo XII
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las primeras cortes con participación popular de Occidente.
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Hay un trozo de la antigua muralla que enlaza San Isidoro con la catedral.
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Por un laberinto de calles estrechas paralelas a la muralla
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se descubren rincones bellísimos.
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Eran las calles que yo elegía para llegar a la catedral,
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situada en el punto más alto de la ciudad
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y ante la cual el deslumbramiento es inevitable.
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La catedral, el gótico más puro,
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la más francesa de nuestras catedrales,
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piedra y luz, color y sombras,
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es un anticipo de un paraíso prometido
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que aquí, en la tierra, se muestra ante nuestros ojos
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con el resplandor de una estética creada por los hombres.
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Cuando me fui de la catedral, hacía una calle que tiene para mí un significado muy especial, porque ahí, muy cerca, en la Fundación Sierra Pambley, estaba y está la Biblioteca de Azcárate.
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En esta biblioteca, entre los muros cubiertos de libros y con la presencia cercana de un jardín oculto, transcurrió lo mejor de mi adolescencia.
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Aquí desperté al mundo de la literatura
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Aprendí a distinguir lo bueno de lo óptimo
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Y me ejercité en un trabajo difícil
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El trabajo de escuchar
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Aquí participé por vez primera en una experiencia gozosa
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Una tertulia literaria de amigos
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Amigos queridísimos, inolvidables
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Don Antonio de Lama, el gran maestro
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Victoriano Kremer, Eugenio de Nora
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Pepín Castro Vejero
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aquí asistí
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desde el asombro de mis 15 años
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a la creación
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y el nacimiento en 1944
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de una revista
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Espadaña, que iba a marcar
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una época en la historia de la poesía
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española contemporánea
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como otras revistas poéticas
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en otras ciudades de provincias
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Espadaña
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levantó su voz y sus versos
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a pesar de la censura
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en un ambiente y en un medio de ignorancia y oscuridad.
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Por San Glorio se entra en Cantabria.
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La cordillera cantábrica es la barrera natural que aísla de la meseta
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a esta región excepcional que mantiene intacta su belleza a través del tiempo.
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Me gusta vivir en la gran ciudad.
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Necesito su ritmo acelerado, su dinamismo, la variedad de sus gentes.
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Pero es en contacto con la naturaleza donde encuentro la serenidad y a la vez un estado de lucidez
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Descubrir la naturaleza de Cantabria es un gozo y un privilegio
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Desde hace muchos años, estos parajes se han convertido para mí en algo muy especial
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Aquí he encontrado mi refugio y mi paz
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Es mi tierra elegida
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pueblos habitados por gentes que se afanan sobre una tierra fértil
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pero no siempre de fácil acceso
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cántabros amantes de su tierra
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y a la vez viajeros y navegantes infatigables
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artesanos que trabajan en las tardes de otoño e invierno
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hábiles manos que convierten la madera del roble, el avellano, el abedul
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en cuencos, bastones, madreñas
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luego está la alegría de la feria
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Vender, comprar, cerrar el trato con un apretón de manos de estos cántabros hidalgos, hijos de algo valioso y duradero.
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Ganaderos, labradores, hombres de la montaña que contemplan desde las altas brañas los pueblos escondidos abajo.
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Entre la montaña y el mar se extiende la playa de Ollambre, símbolo de la belleza de Cantabria.
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Tres kilómetros de arena fina y dorada
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donde el agua deposita en las mareas bajas
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conchas y piedras talladas por la erosión
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Cerca surcan las aguas barcos pequeños de la pesca de bajura
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A lo lejos, en el horizonte rectilíneo
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aparecen de vez en cuando grandes barcos
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que se deslizan suavemente con rumbo desconocido
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El mar de la aventura de navegantes, descubridores
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pescadores de altura, emigrantes e indianos
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rompe con violencia en las costas de esta tierra
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el mar norteño me embarga la nostalgia de viajes trasatlánticos
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caminos de agua cuyo final es América
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la playa de Ollambre está entre la aristocrática comillas
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y un pueblo marinero, San Vicente de la Barquera
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en cuya amplia bahía se recogen numerosos barcos de pesca
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luego, en el puerto
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Cuando llegan los barcos y descargan su pesca, comienza la alegría del último trabajo.
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Hay que limpiar los peces grandes, lavar los chicos, abrir, quitar escamas,
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preparar el tesoro arrebatado al mar para convertirlo en gala y manjar de la cocina cántabra.
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Desde Cabezón de la Sal, capital de la montaña,
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adentrándose hacia el interior siguiendo el curso del río Saja,
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surgen pueblos pequeños, escondidos, pueblos del Valle de Cabuérniga,
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lugares en los que el esplendor de la naturaleza y la estética de su arquitectura
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nos hacen olvidar por un momento al pasear por sus calles que hay un mundo lejano y hostil.
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La lluvia generosa, la lluvia madre, lo penetra todo con su violencia fecunda.
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Bruñe las hojas de los árboles, centellean la hierba, lava las fachadas de piedra de las casas.
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Todo queda nuevo y limpio y cuando aparece tímido el sol, un vaho de vida se eleva de la tierra. Casas de piedra gris con balconadas de madera, solanas cojadas de flores rojas, malvas, amarillas, huertos ajardinados que rodean las casas, escudos tallados en la piedra que evocan la hidalguía de la tierra.
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Bosques de Cantabria, Ucieda, Sejos, Palombera, el Camino de Reynosa, Robledales, alledos que emergen de la niebla, abedules, acebos, castaños, el lujo forestal de una reserva nacional única que resplandece en esta zona de Cantabria a la que me siento tan ligada.
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en la sombra brumosa los helechos y el serval de los cazadores
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la fastuosa opulencia de unos bosques
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habitados por osos, lobos, zorros, jabalíes, corzos, ciervos
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las aves majestuosas de las cumbres
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y el remoto y escondido uruguayo
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que todavía canta en lo profundo del bosque
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Concha Espina describe con ajustada expresividad esta tierra suya
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aquí el hierro y la nieve, la roca y la niebla
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la encina y el tojo, la gamuza y el águila, los peñascos inaccesibles, las urañas cumbres
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embozadas en su trágica soledad, soñolientas al salvaje arrullo de nubes y sellizcas.
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En este valle de Cabezón de la Sal, en el pueblo de Mazcuerras, está mi casa, las Magnolias.
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Fue un impulso absolutamente estético
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Pero también la soledad y la tranquila calma de la casa
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Eran tentadoras en un momento en que su trabajo y su cansancio de Madrid aumentaban
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Necesitaba poner orden en tanto proyecto iniciado y nunca proseguido
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En tanto ensayo, libro, artículo
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Había comprado la casa y la amaba y le pertenecía
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Y ella pertenecía de algún modo a la casa
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Ahora, en esta casa, en esta sala junto a la chimenea
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El frío del pasado y la ambición infantil parecían remotos
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Pertenecientes a una historia que le hubieran contado
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Julia miró a su alrededor
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El alto techo recubierto de escayolas moldeadas en oro y rosas apagados
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El suelo de maderas brillantes que partían de un centro
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Y se extendían en radios de diferentes colores
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El cerezo rojizo, el claro limoncillo, el tostado nogal
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Parece que todos los pájaros del valle hubieran venido a vivir en mis magnolios
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Les gustará el olor de las flores
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Es dulce la magnolia
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Antes solía pedir a Marta que me subiera una y la colocara cerca de mí en un vaso
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Ahora no puedo ya
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Me ahogan los olores fuertes
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Don Pedro, el médico, me dijo el otro día
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Hay que cuidar ese asma, eres muy joven todavía, Clara
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¿Qué sabrá él si soy joven o no?
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Además, lo de ser joven no es igual para todos
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Si no estuviera enferma, yo sería joven
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Y si no fuera porque estoy sola, abandonada y triste
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A lo mejor no estaba enferma
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Ya va trepando la bugambilla
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Ya cubre un poco más la fachada principal
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Debe ser el calor de este verano
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Él suspiraba por conseguir que todo el frente se cubriera de ese morado fuerte que tiene la flor.
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Si un día pasa, puede que oculto en las sombras de la noche, porque de día no se atreve,
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se asomará a esa verja y contemplará el jardín que tanto quiso.
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Verá el castaño de indias que se ensancha en la copa, el tejo, la secuoya, el tulípero de Virginia.
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Todo estudiado y planeado.
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Porque tú, Clara, siempre has de tener flores a tu alrededor.
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El estanque del jardín reflejaba la estatua de una mujer con la cabeza aladeada.
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El pelo se destrenzaba en la nuca, se derramaba sobre la espalda desnuda.
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Sus manos sujetaban el extremo de una túnica que ocultaba parte del cuerpo suavemente inclinado.
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bajo el castaño
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un círculo de oro
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magnificaba el triunfo deslumbrante
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del otoño
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la ampelosis se había vuelto roja
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violenta y posesiva
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cubría la casa entera
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en otoño
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se devora a sí misma
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camina a su final con brío
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destruida por su propia llama
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en la que arde el recuerdo del verano.
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Dice Moriac que los lazos que nos unen a una casa y a un jardín
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son del mismo orden que los del amor.
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Y yo creo que tiene razón.
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Esta casa y este jardín, que construyó un indiano hace más de 100 años,
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se ha convertido para mí, con el paso del tiempo, en mi verdadero hogar.
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En el hogar que realmente amo.
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Además aquí he descubierto sensaciones que creía perdidas en la infancia
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Sensaciones que cuando era niña abrieron mi sensibilidad al mundo de la naturaleza
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Aquí he escrito todas mis novelas
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Y hay una que quiero especialmente, La enredadera
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Que se desarrolla en esta casa y en este jardín
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Y en el pueblo y sus alrededores
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Aquí he vuelto a escribir
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Y además he encontrado lo que para mí significa la felicidad, la serenidad y el goce día a día del placer de vivir los pequeños momentos.
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Las casas y casonas de Mazcuerras, la bolera, la iglesia, las calles que bajan al río y las que suben al monte, forman un conjunto urbano de excepcional encanto.
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Mazcuerras es conocida en todo Cantabria por su belleza natural y por sus famosos viveros ya centenarios
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que han dado a este pueblo un carácter especial de pueblo de las flores
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Mazcuerras es también el pueblo de Concha Espina
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aquí está su preciosa casa habitada hasta hace unos años por su hija Josefina
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y su yerno Regino Sainz de la Maza
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a quien oíamos tocar la guitarra
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en las noches silenciosas del verano
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aquí habitan ahora
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durante largas temporadas
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las hijas y los nietos de Josefina y Regino
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la casa de la escritora
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se llama Luzmela
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y así fue rebautizado el pueblo
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que en este momento es conocido por los dos nombres
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enseguida
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dando la espalda al pueblo y al camino
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se veía ya el haya púrpura
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solitaria en la loma de Braña Nueva
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un poco más arriba
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el bosquecillo de pinos, la araucaria, los abedules, los arces, los chopos. La anarquía
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forestal de la finca, respetada por los descendientes de aquel botánico aficionado, que muchos
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años antes plantó el monte, cercó la propiedad, tiró la casa vieja y construyó una nueva.
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Mandó hacer un arco de piedra grande, para que pudieran pasar los carros cargados de
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hierba. Hizo esculpir la fecha y se encerró allí un día y para siempre. Al ver la casa
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en lo alto, desafiante y desnuda, protegida tan solo por los montes que se asomaban por
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detrás de la finca, Julia se hizo una pregunta. La misma que se hacía cada vez que decidía
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ascender por la cuesta escarpada e incómoda, en vez de prolongar su paseo por los caminos
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que limitaban los prados del valle.
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La pregunta era, ¿a qué vengo?
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¿Qué busco? ¿Qué se me ha perdido aquí?
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Como una enredadera es la vida de la mujer,
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la veo como sube y trepa y se enrojece por toda la fachada,
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la enredadera.
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Pronto vendrá el invierno y se caerán sus hojas,
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pero ella no se suelta,
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que no es árbol creciendo solo y firme hacia los cielos.
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El hombre sí que es árbol, es árbol y si él quiere es pájaro o camino
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Te llevaré conmigo a Italia, me dijo Ignacio el día que nos conocimos
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Lo del viaje me parece revelador ahora, al calor del tiempo
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Porque los viajes iban a marcar nuestras vidas
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El proyecto de hacerlos, el deseo de proyectarlos, el sueño de desearlos
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Nunca fuimos juntos a Italia, pero sí a la Sierra de Filabres, a Nueva Orleans, a Lequeitio, a la Costa Azul, a las Alpujarras, a Varsovia, a Galicia, a Nueva York, a Madrigal de las Altas Torres, a Ámsterdam.
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Juntos viajamos por los pueblos de España y por las ciudades del mundo
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y sobre todo por esos caminos a los que conduce la imaginación
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por esos senderos que se entrecruzan en la literatura
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Solos o con amigos, la noche se extendía sin límites
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ante nuestra avidez por estrujarlo todo
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por extraer el jugo de todo
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añadirle miel o limón, paladearlo luego, beberlo
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compartirlo a lentos sorbos
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el humo de los cigarrillos
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el hielo de las copas
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la exaltación de la charla
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y una sola palabra atachada del vocabulario
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aburrimiento
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de Ignacio aprendí a ser flexible
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a gozar de los grandes momentos
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a apresar los instantes fugaces
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a gastar la vida sin miedo
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a saber que la existencia es breve
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aunque la gente lo ignora
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y piensa que va a vivir mil años
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Por Ignacio supe que la amistad es la primera de las necesidades. La generosidad el mejor de los vicios. La literatura la más importante razón de existir. Con Ignacio descubrí el mar y cómo navegarlo ligero de equipaje. Aunque el viaje y la aventura le seducían en cualquier lugar que se produjesen, el mar era su pasión. El mar que tanto tiene que ver con la libertad está siempre presente en su literatura.
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Cuando murió Ignacio, comprendí que mi vida con él había sido un privilegio y un regalo.
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La vida más intensa y repetible que hubiera podido caberme en suerte.
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- Autor/es:
- RTVE
- Subido por:
- Ies josefinaaldecoa alcorcon
- Licencia:
- Reconocimiento
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- Fecha:
- 18 de abril de 2017 - 19:51
- Visibilidad:
- Público
- Centro:
- IES JOSEFINA ALDECOA
- Duración:
- 54′ 53″
- Relación de aspecto:
- 4:3 Hasta 2009 fue el estándar utilizado en la televisión PAL; muchas pantallas de ordenador y televisores usan este estándar, erróneamente llamado cuadrado, cuando en la realidad es rectangular o wide.
- Resolución:
- 640x480 píxeles
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