Noches en vela - Contenido educativo
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Esta es la historia en la que cuento cómo mi imposibilidad de conciliar el sueño se tradujo en la creación de mi hábito lector. A través de ella, realizo un recorrido por anécdotas que relatan los episodios de insomnio que me acercaron a la lectura.
Mis padres odiaban que llegara la noche.
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Después de una larga jornada laboral, lo único que querían era llegar a casa para descansar.
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Sin embargo, ellos sabían que iba a ser imposible.
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¿Os estaréis preguntando quién era él o la culpable de esto?
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Pues sí, en efecto, lo habéis adivinado.
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La culpable era yo.
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Imagino que ahora se está surgiendo una segunda pregunta
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¿Cómo puede ser que una niña tan mona sea la peor de las pesadillas de sus padres?
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¿Cómo es eso posible?
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Mirad, yo no soportaba ir a dormir
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Aún hoy me cuesta pensar que nos estamos perdiendo horas de vida
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Que estamos perdiendo la oportunidad de reír más y mejor
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De comer más y más
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Y hasta tendría incluso de superar nuevos obstáculos
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Esto para la mente de mi yo recién nacido, incluso para la de mi yo actual, era absolutamente impensable. Necesitaba exprimir la vida.
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Bueno, al menos desde la perspectiva de una niña de finales de los 90
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Por todo esto, cada noche atrasaba lo máximo posible la hora de dormir
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Evitaba a toda costa meterme, primero en la cuna y años más tarde en la cama
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Nada más tumbarme sentía que tenía muchas más cosas que hacer
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Tanto yo como mi apretada agenda de bebé
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Y que de ninguna manera, pero bajo ningún concepto
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Mis padres podían abandonarme como cuando quisieran en los brazos de Morfeo
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Pero es ahí cuando echaba mano del comodín de la llamada
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Y todos sabemos que nada le funciona mejor a un bebé
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que en estos momentos todos y todas nuestras operadoras están ocupados. Por favor, manténgase
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a la espera. Si es para una vacuna, olvídese. Así, cada noche, mis padres me arrullaban,
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me paseaban, me colocaban de muy diversas maneras. De todas esas cosas, solo funcionaba
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una. Poner música en la cadena todo trajo a la una de la mañana. Está claro que debía
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ser una grupa de 80 alumnos. Pasaban los meses y el alma de mis padres había abandonado
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sus cuerpos. En su lugar parecía que me estaban criando unos zombies. Sus ojeras y el color
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mortecino de sus rostros preocupaban a cualquiera. Tanto es así que un día mi tía, inocente
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de ella, se ofrece intentar dormirme en la hora de la siesta.
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Veamos a ver qué tal le fue.
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La tía de Inés se prepara.
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En el momento al giro del partido, su entrenadora, cansada de bregar con el rechazo de Inés,
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ha decidido ceder el testigo a la tía.
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Como vemos, se dirige sin miedo al campo de juego.
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Se acerca la cuna, visualiza la estrategia, se prepara para lanzar y...
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La verdad es que apenas habían pasado dos minutos cuando se escucharon mis primeros berridos.
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Me encontraron de pie en la cuna sin saber aún caminar.
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También te digo, no me falta mérito.
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Exigía que me sacaran de ahí inmediatamente.
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De hecho, solo me calmé cuando supe que mis inteligibles palabras, entre llanto y llanto,
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habían hecho comprender a mi tía su ingenuidad y conseguir que me bajasen de aquel parapeto.
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Historias como esta se sucedían continuamente.
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Familiares, amigos, incluso paseantes curiosos se acercaban a intentar echarle una mano.
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Hasta los más atrevidos huían despavoridos por la evidente desesperanza que reflejaban sus ojos.
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Pasaron los años y con ellos llegó la enseñanza.
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En estos primeros años, las profesoras buscaban desesperadas un entretenimiento para la única niña
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que a la hora de la siesta se aguía con los ojos abiertos como un búho que intenta no perderse nada de lo que pasa a su alrededor.
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Probaron muchas cosas, muchísimas, demasiadas, y aunque algunas no tuvieron éxito, otras muchas surtieron efecto.
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Podría incluso contaros la historia de cómo empecé a dibujar, pero creo que sería demasiado largo.
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mejor lo dejamos para otro día. Entre todas esas cosas me empezaron a leer y a dejarme cuentos.
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Supongo que Nuria, Amelia o Sonia, mis profesores de infantil, encendieron la chispa de mi hábito
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lector. Ellas fueron las que me introdujeron en el mundo de la ficción. Y está claro que mis padres
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y su gran biblioteca eran fomento suficiente. Pero creo que sería justo decir que a partir de ellas
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empecé a asociar los ratos y insomnios con mi zambullida ficcional.
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De esas primeras veces pasé a leer en esas horas previas a dormir.
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Podían darme las doce de la noche y solo el sentido común y el cansancio acumulado
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conseguían hacer que me durmiera profundamente.
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Por la mañana, los fines de semana, me levantaba a las siete
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y desesperada y sin saber en qué emplear mi tiempo
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leía hasta que escuchaba los pasos de mis padres por la casa.
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Leer pasó a ser mi mayor afición
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La forma de pasar todos los ratos muertos que tenía
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Ya fueran motivados por el insomnio o por puro aburrimiento
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Desde entonces la lectura ha sido una de las mayores protagonistas de mi vida
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Pero he de deciros que no siempre ha sido un camino de rosas
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Con el tiempo y la llegada de obligaciones mayores
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El hábito lector ha ido fluctuando
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Como si se tratara de una montaña rusa
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los momentos de lectura han ido variando en cantidad y en calidad.
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A veces, incluso, te diría que han sido inexistentes.
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Como todo en la vida, el hábito lector varía y viaja contigo en cada momento,
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adaptándose a las circunstancias que te toca vivir.
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De la importancia de entender que todos somos animales lectores,
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cuyas lecturas varían y se disponen según nuestro momento vital.
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En mi opinión, tu momento idóneo para sumergirte en el mundo de la función es ahora
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Y si no me crees que puedes no hacerlo, no pasa nada
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Porque un día descubrirás una lectura o una persona que te hará sumergirte en este hábito lector
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Como lo hicieron en mi caso mis maestras, mi familia o mis noches en vela
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Simplemente recuerda que cuando eso pase debes estar dispuesto a embarcarte en un viaje de estas dimensiones
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- Idioma/s:
- Autor/es:
- Inés Martínez Caballero
- Subido por:
- Inés M.
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- Todos los derechos reservados
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- Fecha:
- 27 de octubre de 2021 - 23:12
- Visibilidad:
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- Centro:
- IES VICTORIA KENT
- Duración:
- 07′ 37″
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