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Cigarreras de Madrid - Contenido educativo
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Si pensamos en la historia de Madrid, hay una figura que casi siempre nos viene a la
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cabeza, la cigarrera. Se las imaginaba como mujeres valientes, con carácter, la alegría
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del pueblo, pero también el terror de las autoridades. Sin embargo, detrás de esa imagen
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tan potente, de ese mito, se esconde una realidad mucho, mucho más compleja y dura. Hoy vamos
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a separar la leyenda de los hechos para descubrir su verdadera historia.
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Para empezar, vamos a meternos de lleno en esa imagen popular que se creó de ellas,
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ese arquetipo de mujer fiera casi indomable que quedó inmortalizado en la pintura, en la
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literatura y sobre todo en la zarzuena. Esto es exactamente la visión romantizada, la chulapa
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apasionada, rebelde, orgullosa de ser quien es, un personaje casi de folclore. Vamos, esta letra de
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zarzuela lo clava, es la imagen de la mujer madrileña descarada y castiza. Y aquí es donde
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la cosa se pone de verdad interesante, porque claro, detrás de la Carmen de la ópera y de la chulapa
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de la zarzuela, había miles y miles de trabajadoras de carne y hueso. ¿Cómo era su vida en realidad?
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Pues para encontrar esa historia real tenemos que viajar en el tiempo. Nos vamos al principio,
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a 1809, a la creación de la Real Fábrica de Tabacos, ahí en la calle Embajadores.
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Ojo a las cifras, porque son espectaculares. La fábrica se convirtió en muy poco tiempo en la
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industria más grande de Madrid. Llegó a concentrar a miles de mujeres de los barrios obreros de
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alrededor. Y esa enorme concentración de trabajadoras en un mismo sitio fue precisamente
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la semilla de su poder. Un punto clave para entender su trabajo era este, el sistema a
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destajo. ¿Qué quería decir? Pues que no cobraban por hora, sino por cada cigarro que liaban. Esto
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les daba cierta flexibilidad para, por ejemplo, cuidar de los hijos, a los que muchas veces se
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llevaban a la fábrica. Pero claro, la trampa era que sus ingresos dependían directamente de su
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velocidad y de su resistencia, lo que creaba una presión brutal. Es que aquí se ve muy bien. No
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había separación entre el trabajo y la vida personal. Todo estaba mezclado. Vivían juntas
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en las mismas corralas, trabajaban codo con codo y cuidaban de sus hijos en el suelo de la propia
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fábrica. Esta existencia compartida forjó un colectivo femenino como no se había visto nunca.
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Una auténtica hermandad basada en la lucha diaria y en la necesidad de ayudarse unas a otras.
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Pero volvamos un momento al mito, a esa imagen de postal. Los escritores y artistas de la época
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a menudo destacaban este rasgo físico, ¿verdad? Lo presentaban como un símbolo de su belleza,
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de esa pasión tan castiza. Pues bien, la realidad era bastante menos poética. Los estudios médicos
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de la época, como los del doctor Philip Hauser, revelaron la verdad. Esos ojos brillantes eran
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en realidad un síntoma de las pésimas condiciones en las que trabajaban. El polvo de tabaco, que
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estaba siempre en el aire les irritaba los ojos, les dilataba las pupilas y les provocaba enfermedades
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respiratorias crónicas. Y claro, todo ese poder colectivo que habían construido, esa unión tan
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fuerte, no era sólo para apoyarse en el día a día. No, no, se convirtió en una fuerza real, una fuerza
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capaz de hacer temblar a la ciudad entera y a las autoridades. Sus protestas, los famosos motines,
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seguían casi siempre el mismo patrón. Empezaba todo con una queja, que se convertía en un grito,
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que llevaba a tomar la fábrica. Y lo más importante, la protesta se extendía como la
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pólvora por todo el barrio. Es que claro, los comerciantes, los taberneros, sus propias familias,
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todos dependían de sus salarios, así que su lucha era la lucha de todo el vecindario.
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Un ejemplo perfecto fue el motín de 1830. El detonante fue que les llegó un cargamento de
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tabaco en mal estado, y con eso ganaba menos dinero. Pero la gota que colmó el vaso fueron
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los registros humillantes a los que la sometían. La revuelta fue tan violenta que el director casi
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fue linchado y las autoridades tuvieron que llamar al ejército. Les daba pánico que la
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rebelión se contagiara al resto de Madrid. El gran novelista Benito Pérez Galdós lo resumió
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de una forma magistral, alegría del pueblo y espanto de la autoridad. Por un lado eran un
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símbolo de la vida y la energía de Madrid, pero por otro eran una fuerza de oposición temida por
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el poder. Sin embargo, una nueva fuerza estaba a punto de llegar, una que amenazaba con destruir
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los cimientos mismos de su poder y de su forma de vida. La mecanización. Esa palabra lo cambió
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absolutamente todo. Pensemos en el antes y el después. Antes, ellas controleban el proceso,
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eran artesanas, dueñas de su ritmo. La máquina, en cambio, impuso horarios fijos, un ritmo
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implacable, y convirtió un oficio que pasaba de madres a hijas en un trabajo estandarizado. Sus
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habilidades, de repente, ya no eran tan valiosas y se volvieron más fáciles de reemplazar. Y,
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por supuesto, no se iban a quedar de brazos cruzados, ni mucho menos. En 1885, durante una
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revuelta, una de las primeras líderes obreras de Madrid, Encarnación Sierra, lanzó este grito de
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guerra. Las mujeres asaltaron la fábrica para destrozar esas máquinas que veían, con toda la
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razón, como su enemigo. Fue una lucha heroica, desde luego. Pero a la larga, la batalla contra
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las máquinas estaba perdida. La mecanización se acabó imponiendo. Y con ella, la larga historia
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de la fábrica empezó a llegar a su fin. Y así se cerró un ciclo de casi dos siglos de historia,
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desde su apogeo, cuando era el corazón industrial y social de todo un barrio, hasta su lento declive
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y su cierre definitivo en el año 2000. Al final, si nos tenemos que quedar con algo, que no sea con
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la mujer fatal de la ópera. El verdadero legado de las cigarreras es mucho más importante. Es la
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historia de una de las primeras y más potentes demostraciones de solidaridad obrera femenina en
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España. Una historia de lucha por la conciliación, por un salario justo y por la dignidad en el
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trabajo. Y esto nos deja con una pregunta final para darle una vuelta. ¿Su batalla contra la
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precariedad del trabajo a destajo y la amenaza de una nueva tecnología que podía dejarlas en la
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calle? A que nos suena bastante actual. Nos obliga a preguntarnos qué lecciones de su solidaridad y
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de su espíritu indomable podemos aplicar a los desafíos laborales de nuestro tiempo.
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- Materias:
- Historia
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- Jose Manuel M.
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- 19 de enero de 2026 - 20:31
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