5º6º"Cuento del día del libro"AmpaPereda_Leganés - Contenido educativo
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La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas.
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Su tallido, monótono y eterno, me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
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Intenté dormir de nuevo. ¡Imposible!
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Una vez alifoneada la imaginación, es un caballo que se desboca al que no sirve tirarle de la rienda.
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Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
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Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza
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con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
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Sea de ello lo que quiera, ahí va.
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Atad los perros, haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores
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Y demos la vuelta a la ciudad
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La noche se acerca, es día de todos los santos
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Estamos en el monte de las ánimas
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¿Tan pronto?
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A ser otro día, no dejaré yo de concluir con este rebaño de lobos
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Que las nieves del Moncayo han aflojado de sus madrigueras
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Pero hoy es imposible
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Dentro de poco sonará la oración en los templarios y las ánimas de los difuntos
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Comenzarán a tañir su campiña en la capilla del monte
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¿Esa capilla ruinosa? ¡Guau! ¿Quieres asustarme?
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No, hermosa prima, tú ignoras cuanto sucede en este país
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Porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos
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Refleja tu lengua, yo también pondré la mía fácil
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Y mientras dure el camino te contaré la historia
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Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos.
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Los condes de Borja y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos
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y todos juntos siguieron a sus hijos, Beatriz y Alonso,
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que precedían la comitiva a bastante distancia.
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Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia.
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Ese monte, que hoy llaman de las ánimas, pertenecía a los templarios.
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cuyo convento es allí, al margen del río.
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Los templarios eran guerreros y religiosos a la vez.
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Conquistadas todavía los árabes, el rey les hizo venir de lejanas tierras
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para defender la ciudad por la parte del pueblo,
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haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla,
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que así hubieran solo sabido defenderlo como solo los conquistaron.
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Entre los caballeros de la nueva y poderosa orden y los hidalgos de la ciudad,
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fermentó por algunos años y estalló un odio profundo.
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Los primeros tenían apotado ese monte donde reservaban caza abundante
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para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus colateres
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y los segundos determinaban organizar una gran batida en el cocto
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a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con escuelas,
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como llamaban a sus enemigos.
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Hundió la voz del reto y nada fue parte a defender los unos en su manía de cazar
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y los otros en su empeño de estorbado.
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La proyectada expedición se llevó a cabo.
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No se acordaron de ellas las fieras.
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Antes las tendrían presentes tantas madres como arrastran sendos lindos por sus hijos.
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Aquello no fue una cacería.
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Fue una batalla espantosa.
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El monte quedó sembrado de cadáveres.
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Los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín.
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Por último, intervino la autoridad del rey. El monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo arte se enterraron juntos, amigos y amigos, comenzó a arruinarse.
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Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la cabina
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y que las ánimas de los muertos, envueltas en friones de susurrarios,
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corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los santales.
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Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos
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y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos.
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Por eso en Sorio llamamos el monte de las ánimas y por eso he querido salir de él antes de que cierre la noche.
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La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado.
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Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárselo en los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de su día.
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Los servidores acababan de levantar los manteles.
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La alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminado.
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algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente
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y el viento apuntaba a los emplomados vidrios de las últimas del salón.
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Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general, Beatriz y Alonso.
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Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama.
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Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispeada en las azules y las de Beatriz.
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Ambos guardaban aquí al rato un profundo silencio.
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Las dueñas rejerían a propósito de la noche de difuntos cuentos cerebrosos
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en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel.
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Y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a los orejos con un tañido monótono.
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—¡Qué hermosa prima! —exclamó al finaloso, rogiendo el arco silencio en que se encontraban.
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—Pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre. Las salidas de nubes de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales, sé que no te gustan.
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—Que te he oído suspirar varias veces, ¿acaso por algún calán? —dijo su viajano señorío.
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Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia
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Todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios
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Tal vez por la pompa de la corte francesa donde hasta aquí has vivido
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De un mundo a otro, presiento que no tardaré en perderte
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Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía
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¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios
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por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra.
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El follal que sujetaba en la pluma de mi gorra cautivó tu atención.
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Qué hermoso estarías sujetando un velo sobre tu oscura cabellera.
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Ya prendido el de una desposada, mi padre se la regaló a la juventud.
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Me dio el sedo y ella lo llevó al doctor.
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¿Lo quieres?
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No sé en el quillo, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad.
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Solo en el día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo.
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Y aún puedes ir a Roma, y sin volver con las manos vacías.
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El acentuado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenar se dijo con tristeza.
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Lo sé, prima, pero hoy se celebran todos los santos, y el tuyo ante todos, hoy es un día de ceremonias y presentes.
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¿Quieres aceptar el mío?
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Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la foto, sin añadir una palabra.
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Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio y volvió a oír la cascada de voz de las viejas que hablaban de brujas y de trascos,
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y el zumbido del aire que hacían fugir los vidrios de las últimas, y el triste monótono de las cascadas.
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Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tomó a dudarse de este momento.
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Y antes de que concluya el día de todos los santos, en que así como el tuyo se celebra el mío,
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y puedes ir a tal tu voluntad, déjame un recuerdo, ¿lo harás?
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¿Por qué no?
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Exclamó esta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar
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alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro.
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Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió.
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¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería
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y que por no sé qué emblema de su color me dijiste es que era la divisa de tu alma?
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Sí.
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Pues, ¡se ha perdido!
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Se ha perdido y pensaba dejártela como un recuerdo.
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¿Se ha perdido? ¿Y dónde?
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—No sé, ¿en el monte acaso? —¿En el monte de las ánimas? —murmuró valideciendo y dejándose caer sobre el sitial. —¿En el monte de las ánimas? —luego prosiguió con voz entrecortada y sorda.
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Tú lo sabes porque lo habrás oído mil veces, en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores
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No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates como mis ancestros, he llevado a esta división imagen de la verga
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Todos los ríos de mi juventud, todo el ardor hereditario de mi raza, la alfombra que pisas
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Tus pies son despojos de fieras que he matado, he muerto por quemado
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Yo conozco sus guaridas y sus costumbres, y he combatido con ellas de día y de noche,
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a pie y a caballo, y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión.
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Otra noche volaría por esa banda y volaría gozoso como a una fiesta.
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Y sin embargo esta noche, esta noche, ¿a qué ocultártelo? Tengo miedo.
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¿Oyes? Las campanas doblan la oración
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Ha sonado el Juan del Ruelo
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Las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las maletas
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Que colorean sus fosas
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Las ánimas, cuya sola vista puede dar el horror de la sangre del más valiente
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Tomar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbenino de su fantástica carrera
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Como una hoja que arrastra el viento, que se sepa dónde
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Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz
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Que cuando hubo concluido, exclamó con un tono indiferente
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Mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y rugía la leña
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Ahorrando chispas en mis colores
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¡Oh! ¡Eso de ningún modo! ¡Qué locura!
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Ir ahora al monte por semejante friolera
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Una noche tan oscura, una noche de difuntos y cuajado el camino de lobos
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Al decir esta última frase la recargó de un modo tan especial
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Que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía
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Movido como por un resorte se puso en pie
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Se pasó la mano por la frente como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón
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y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa que estaba aún inclinada sobre el hogar,
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entreteniéndose en revolver el cuerpo.
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Adiós, Bébis.
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Adiós. Hasta pronto.
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¡Alonso! ¡Alonso!
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Dijo esta volviéndose con rapidez, pero cuando quiso o aparentó querer detenerlo,
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el joven había desaparecido.
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A los pocos minutos, se oyó el rumor de un caballo que se alzaba al galope.
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La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas,
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prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
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Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas.
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El aire tumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban.
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Había pasado una hora, dos, tres.
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La medianoche estaba a punto de sonar y Beatriz se retiró a su oratorio.
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Alonso no volvía, no volvía cuando en menos de una hora pudiera verlo esto.
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¿Habrá tenido miedo? exclamó la joven cerrando el libro de oraciones.
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y encaminándose a su lecho.
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Después de haber intentado inútilmente
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que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no están,
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después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda,
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se durmió, se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
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Las doce sonaron en el reloj de postigo.
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Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas
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Y entreabrió los ojos, creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre
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¡Beatriz! ¡Beatriz!
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Pero lejos, muy lejos
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Y por una voz ahogada y doliente, el viento gemía en los vidrios de la ventana
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—Será el viento —dijo. Y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse, pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerta del oratorio habían crujido sobre sus coñes, con un chillí río agudo, prolongado y estirante.
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Primero unas y luego las otras, más cercanas
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Todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por un orden
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Estas con un ruido chorro y grave
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Y aquellas con un lamento largo y crispador
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Después, silencio
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Un silencio lleno de rumores extraños
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El silencio de la medianoche con un murmullo monótono de agua distante
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Lejano ladridos de perros, voces confusas, palabras inteligibles, ecos de pasos que van y vienen
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Crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan
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Respiraciones, fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian
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La presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad
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Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento
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Oía muy ruidos diversos, se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar
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Nada, silencio
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Veía, con esa posporescencia de la pupila en las crisis nerviosas
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Como puntos que se movían en todas direcciones
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Y cuando dilatándolas las fijaba en el punto
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Nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
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Bah, se ha hecho tan miedosa como esas pobres gentes cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura
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al oír una conseja de abatidos y cerrando los ojos intentó dormir,
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pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma.
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Pronto volvía a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada.
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ya no era una ilusión. Las colgaduras de brocado de la puerta habían rotado al separarse,
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y unas pisadas lentas sonaban sobre la sombra. El rumor de aquellas pisadas era suave, casi
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imperceptible, pero continuado, y a su compás oía surgir una cosa como madera o hueso, y
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se acercaban, se acercaban y se movió del reclinatorio que estaba a la orilla de su
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lecho. Beatriz lanzó un grito a uno y, alejándose de la roja de la policía, escondió la cabeza
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y contuvo el aire. El aire explotaba los vidrios del balcón. El agua de la fuente lejana caía
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y caía con un rumor eterno y monótono.
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Los ladrillos de los perros se delataban en las ráfagas de aire
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y las campanas de la ciudad de Soria,
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unas cerca,
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otras distante,
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doblan tristemente por las almas.
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Así pasó una hora, dos,
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la noche, un siglo,
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porque la noche aquella pareció eterna, Beatriz.
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Al fin despuntó la aurora,
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Vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, es tan hermosa la luz clara en casa de mí.
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Separó las cortinas de seda del lecho y ya se disponía a reírse de sus temores pasados cuando de repente un sudor frío cumplió su cuerpo.
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Sus ojos se desencajaron y una falidez mortal descoloró sus mejillas.
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Sobre el reclinatorio había visto sangriente y descarada la banda que perdiera en el monte,
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la banda azul que fue a buscar al oso.
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Cuando sus servidores llegaron desfavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las maletas del monte de las almas,
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la encontraron inmóvil, crispada, asida,
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con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho.
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Desengajados los ojos, entreabierta la boca,
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blancos los labios, rígidos los miembros,
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muerta, muerta de horror.
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pero dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difunto sin poder salir del monte de las ánimas
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y que al otro día antes de morir pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles.
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Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria,
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Entre errados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un crispado estrépito horrible.
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Y caballeros sobre osamentas de corteles perseguir como a una fiera una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos y arrojando.
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daba vueltas sobre la tumba de Alonso.
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- Cp pereda leganes
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- 23 de abril de 2026 - 17:19
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- Clave
- Centro:
- CP INF-PRI JOSE MARIA DE PEREDA
- Duración:
- 21′ 37″
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