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Tema 6: El teatro y la poesía a partir de 1936 - Contenido educativo
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A ver, pensad en esto. Después de una guerra civil, de una tormenta como esa, ¿cómo vuelve
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un país a encontrar su voz? Pues de eso va lo de hoy. Vamos a ver cómo la literatura
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española, bueno, cómo resurgió de sus propias cenizas. Es un viaje alucinante, desde el
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silencio más absoluto hasta una nueva libertad. Venga, vamos a ello.
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Claro, para entender todo lo que vino después, tenemos que viajar un momento a la España
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de 1936. Hay que imaginarse el panorama. La dictadura de Franco, un país completamente
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aislado del mundo. Era una época de miseria, de pobreza y, sobre todo, de un control cultural
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brutal. La censura lo vigilaba todo, absolutamente todo. No se movía una pluma sin permiso.
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Pues bien, aquí es donde empieza nuestro viaje. Imaginaos la escena. Acaba la guerra y el mundo
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literario, pum, se parte en dos. La nueva situación política ponía a los escritores contra la espada
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y la pared. O estabas con el régimen o te callabas. No había mucho más. Y claro, esto creó unos
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primeros años de una tensión tremenda y, como es lógico, poquísimas voces que se atrevieran a
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salirse del guión. Y donde más se notó esta fractura, pero de una forma brutal, fue en la
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poesía. Se convirtió, vamos, en un auténtico campo de batalla. Los poetas de la posguerra se
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encontraron en una encrucijada, con dos caminos pero muy, muy claros. O te alineabas con el régimen
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o te atrevías a ponerle palabras al dolor de una España que estaba completamente destrozada.
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Esta comparativa lo clava, de verdad. A un lado, lo que se llamó poesía arraigada. A ver,
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para que nos entendamos. Era la poesía oficial, la que estaba bien vista. Conformidad política,
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formas clásicas, un optimismo de cartón-piedra, la que salía en revistas como Garcilaso. Y al
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otro lado, justo lo contrario, la poesía desarraigada. Esta era otra cosa. Inspirada
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por gente como Damaso Alonso, hablaba de angustia, de la de verdad. Era realista,
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cruda, ponía al ser humano con todo su conflicto en el centro. Ojo, que no era solo una cuestión
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de estilo, ¿eh? Era literalmente una lucha por el alma del país. Pero bueno, ya se sabe que la
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realidad nunca es tan sencilla. No todo es blanco o negro. Hay que tener claro que, al margen de
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estas dos grandes corrientes, había más gente haciendo cosas. Estaba el grupo cántico, que iba
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a su bola con un estilo más culturalista, más barroco. O el postismo, que seguía la estela del
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surrealismo. Y, por supuesto, no nos podemos olvidar de los poetas en el exilio. Gente como
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León Felipe, que desde fuera seguían denunciando y manteniendo viva otra idea de España.
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Vale, avanzamos un poco. A mediados de los 50, algo empieza a moverse. Esa angustia tan personal
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de la poesía desarraigada empieza a convertirse en algo más grande, en algo colectivo. Los poetas
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de repente hacen clic y se dan cuenta de que su dolor no es solo suyo, es el dolor de un montón
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de gente. Y ahí deciden que tienen que hablar por todos los que no pueden. ¿Y esta frase? Escribir
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para la inmensa mayoría es que lo resume todo. Esta era la misión, la bandera de los llamados
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poetas sociales. Nombres como Blas de Otero o Gabriel Zelaya. Para ellos, la poesía dejó de
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ser un simple adorno estético. No, no. Se convirtió en un arma. Una herramienta para denunciar,
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para dar testimonio, para intentar cambiar el mundo. Nada menos. La idea era darle a la gente
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palabras para entender lo que les estaba pasando. Este timeline se ve genial, ¿verdad? Nos cuenta
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la historia muy rápido. Empezamos en los 50 con esos poetas sociales que veían la poesía como
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una herramienta de cambio. Pero luego, hop, saltamos a los 60 y la cosa cambia. Llega la
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generación del 50 y vuelve a mirar hacia adentro, a los temas personales, el amor, la familia,
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el tiempo. Eso sí, con un estilo muy muy cuidado. Y el giro final, el más radical, llega en el 70.
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Irrumpen los novísimos y lo ponen todo patas arriba. ¿Sus influencias? Pues la cultura pop,
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el cine, los cómics, la música. Una locura para la época. Bueno, vamos a dejar la poesía un
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momentito para subirnos al escenario. Porque el teatro, ojo, vivió un viaje muy muy parecido. Pasó
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de ser un entretenimiento seguro, de los que le gustaban al régimen, a convertirse en un espacio
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para la crítica social. Y jugándose el tipo, claro. En los años 40, el teatro en España era
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a curioso. Convivían dos mundos. Por un lado, tenías el teatro que llenaba las salas, la comedia
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de salón, ¿sabes? Muy amable, con una crítica social de mentirijilla que al final defendía
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los valores de siempre. Pero a la vez, por debajo, estaba surgiendo algo genial, el humor
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absurdo de genios como Jardiel Poncela o Miguel Mijura. Usaban el disparate y la imaginación
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para, en el fondo, reírse de la lógica de un país que no tenía ninguna lógica.
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Y llegamos a los 50, ¿y qué pasa? Pues lo mismo que con la poesía, el teatro se pone
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serio. Empiezan a aparecer nombres como Antonio Buero Vallejo, que con obras como Historia
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de una escalera se mete de lleno en temas sociales y con un tono ya bastante inconformista. O Alfonso
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Sastre, que va directo al grano, el conflicto entre el poder y la libertad. El escenario poco
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a poco se estaba convirtiendo en el espejo donde se miraba el país. Y aquí está la clave, una frase
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como esta, de la camisa de Lauro Olmo, denunciar la miseria de los más humildes. Esto es un puñetazo
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en la mesa. Fijaos en el contraste con esas comedias amables de antes. El teatro por fin
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estaba mirando a la cara la realidad más dura de España, sin filtros y sin miedo. Los 70 fueron
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en una auténtica explosión, una locura de creatividad. ¿Por qué? Pues porque para esquivar
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a la censura había que ser más listo que ellos. Así que los dramaturgos se volvieron unos maestros
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de la alegoría, del simbolismo. Era un juego constante del gato y el ratón. Y ahí surgen
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grupos como el Sjöglars o la Fura dels Baus y autores como Fernando Arrabal con su Teatro Pánico.
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Utilizaban todo lo que tenían a mano, el sonido, lo visual, lo grotesco, todo valía para criticar
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la injusticia. Y entonces llega 1975. Muere Franco. Y todo cambia. Es un punto y aparte en la historia.
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Se acaba el control, se acaba la censura y se desata una nueva era de libertad creativa que
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llevaba décadas esperando. Y con esto entramos de lleno en la etapa posfranquista. ¿Y qué significa
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eso? Pues una explosión de voces, de estilos, de todo, tanto en poesía como en teatro. La cultura
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española por fin podía respirar hondo. Si nos fijamos en la poesía de los 80, volvemos a ver
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dos grandes caminos y aquí se ve muy bien. Por un lado, la llamada poesía del silencio, más pura,
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minimalista, esencial. Y por otro, la poesía de la experiencia, que es todo lo contrario. Se agarra
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a lo cotidiano, a la vida de todos los días y usa un lenguaje cercano, coloquial, para contar
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historias. Esta última, de hecho, fue la que dominó el panorama hasta bien entrados los 90.
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¿Y en el teatro qué pasó después del 75?
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Esta tabla lo resume de maravilla
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Fijaos, en los años 80
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Un realismo súper crudo
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Se hablaba de temas que antes eran tabú
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Drogas, delincuencia, de todo
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Luego en los 90 hay un cambio muy importante
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El auge de las voces femeninas
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Con autoras como Paloma Pedrero
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Y si ya nos venimos a hoy
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Pues vemos un teatro más reflexivo
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Que le da vueltas a temas como el poder o el abuso
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Con gente como Juan Mayorga
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Y así, casi sin darnos cuenta
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Llegamos a nuestros días
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a un presente en el que la literatura, como no podía ser de otra manera, sigue cambiando,
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sigue evolucionando, para reflejar las movidas y las realidades del siglo XXI.
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Y hablando de ahora, el panorama proético es fascinante. Mirad el gráfico. Lo de siempre
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y lo nuevo, conviviendo. La preocupación social y la poesía más intimista siguen ahí,
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con mucha fuerza. Pero ahora tienen un nuevo competidor. Y no es pequeño. Una poesía de
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consumo masivo que se mueve como pezo en el agua en el mundo digital. Blogs, YouTube, Instagram.
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un fenómeno totalmente nuevo y en el teatro actual la cosa no para la exploración sigue
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tenemos autores como alberto conejero que se atreven a mirar a lo más oscuro del ser humano
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a la maldad y otros como alfredo sanzol que han dado con la fórmula de la comedia amarga para
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hablar de lo complejo de nuestros días pero con una sonrisa que se te queda un poco helada y
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después de todo este viaje desde la censura hasta el timeline infinito de las redes nos queda una
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pregunta en el aire hemos visto la literatura como un arma como un refugio como una forma de
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sobrevivir y ahora la vemos en un mundo hiperconectado. La pregunta es, ¿ha cambiado su
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propósito? ¿Sigue sirviendo para lo mismo? Ahí lo dejo, porque es algo que la verdad da mucho que pensar.
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- Autor/es:
- RUBEN GUTIERREZ CHAMON
- Subido por:
- Ruben G.
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- Fecha:
- 19 de enero de 2026 - 9:15
- Visibilidad:
- Público
- Centro:
- IES AL-SATT
- Duración:
- 08′ 05″
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